22 de enero de 2008
Se cuela por los resquicios del alma
Has entrado en mi,
me has penetrado,
me has poseído,
me habitas…
Me siento ligera,
no llevo cargas,
estoy desnuda y
puedo dividirme en dos.
Sentir el fuego
que consiente la tierra,
respirar el aire
después de la lluvia…
Soy como un pez danzando
ante San Francisco de Asís,
rebosante de felicidad...
Oh! Silencio…
Me has hecho tuya…
Historias Breves de Amor
No llamaste después.
Era importante que vinieras alguna vez.
Esa llamada, la que no ocurrió, podría haber sido fundamental.
No fui, no pude, quizá nunca podré.
Entonces ¿para qué llamar?
¿Podría ir alguna vez?
Ayúdame a quitarme del alma esta sensación.
¿Me la explicas?
En las mañanas… es la de no encontrar la puerta para abrir tu casa;
en las tardes… es la de no saber llegar a ella;
en las noches… es la de no tener certeza sobre el lugar donde habitas, al que pueda llegar y abrir la puerta tal vez.
No quiero que llegue la noche,
No quiero que la noche llegue.
Nada puedo decir.
No eres culpable del puente roto que existe entre los dos.
Me voy.
Yo me quedo aquí… Te veré hasta que tu figura se pierda a medida que la distancia se hace más grande.
Afirmaciones
soy la ola del mar que la golpea.
Ya no soy la luna de medianoche,
soy los ojos del insomne que la observa.
Ya no soy la poesía,
soy escritura sin fin, con ritmo propio y belleza singular.
Ya no soy el espejo,
soy el cristal limpio, diáfano y puro.
Ya no soy los pasos de quien camina,
soy el camino mismo.
14 de enero de 2008
A propósito de una noche de domingo: entre el insomnio y la nostalgia
Salomé. Gustav Klimt.8 de enero de 2008
Historias Breves de Amor

Historias Breves de Amor
7 de enero de 2008
Amigas
Mónica la miraba. Pensaba que Chloé siempre tenía una forma particular de describir a las personas, así se colaban en sus conversaciones permanentemente frases como "Annie tiene el tipo Lady Di". "Pablo tiene el tipo Ché Guevara". "Recuerdas a Marcos el que tiene el tipo Trotsky? No te entiendo Monic, cómo puedes olvidar a un hombre como Marcos, no sé cómo haces". Parecía que Chloé era incapaz de relacionarse con alguien si de antemano no podía ubicarla en una infinita lista de tipos, que iban desde antiguos personajes históricos, pasando por literatos y políticos, hasta personajes de lo que ella llamaba el mundo de cristal o el mundo de la farándula. Ninguna persona escapaba a sus clasificaciones, particularmente los hombres, sus amantes, sus amigos, sus compañeros de trabajo encontraban en el inmenso album de tipos, como los definía Chloé, un lugar. Incluso había tipos con mayor demanda que otros.
- Chloé ¿qué importancia tiene que sea del tipo Phill Collins?.
- Monic, es importante, creéme. Su rostro es claro, despejado y su cuerpo parece tan liviano que no tendrás que sobrellevar el peso de su existencia, yo sé de estas cosas, tengo intuiciones.
- Creo que exageras Chloé. No puedes hacer tales conjeturas tan sólo porque desde hace una semana, me lo encuentro todos los días a primera hora en el kiosko del periódico y me saluda amablemente. Hoy en día las personas somos amables con el fin de sobrevivir, no hay nada de especial en un cálido saludo, es parte de la contribución diaria a la existencia, es parte de la cuota para sentirnos menos egoístas, menos mezquinos, menos solitarios.
- Así no lograrás nunca – afirmó en forma inquisitiva Chloé – atravesar la línea sutil de lo humano. Siempre tienes una forma de esquivar cualquier gesto acogedor que la gente tiene hacia ti. Huyes, te guardas, te confinas a ti misma.
- Basta, no empieces, ya tengo memorizado tu sermón. Soy como soy Chloé. ¿Es tan difícil reivindicarlo? ¿Es tan incomprensible?. Termina pronto tu café y vámonos. Prefiero, como decía Borges, ser nadie para ser todos los hombres.
Mónica había conocido a Chloé veinte años atrás cuando cursaban ambas sus estudios de secundaria. Su belleza con los años se había acentuado, de aquella niña tímida no quedaba rastro alguno. Chloé se había convertido en una mujer llamativa, demasiado llamativa, a juicio de Mónica. Desde sus 1.80 centímetros de altura se desgajaba cual cascada su larga cabellera negra, contrastando con su piel blanca aterciopelada, sus ojos negros y grandes dibujaban con su mirada una especie de abandono, del que no era del todo consciente su poseedora. Su nariz recta, casi perfecta, armonizaba con sus labios gruesos y definidos, cuyo color natural daban brillo final al cuadro de su rostro. Sus formas eran provocativas, al caminar sus piernas se mostraban firmes y seguras, sus amplias caderas tenían un movimiento dulce, una música cristalina se desprendían de ellas.
Mónica también era bella, pero su belleza era una belleza triste, su belleza se pintaba en su rostro con acuarelas de color pastel. Era mucho más baja que Chloé, caminaba más lento y sus movimientos jamás se advertían como precipitados. Mónica daba la impresión de meditar cada paso con extrema delicadeza, sus manos siempre estaban en los grandes bolsillos de sus abrigos, caminaba con encanto y sus ojos color café parecían siempre extraviados, miraba más allá del punto fijo que miran el resto de los mortales. Su rostro era redondo, tenía unas pequeñas pecas en sus mejillas que le impedían desprenderse de cierto aire infantil, sus labios estaban muy bien delineados y al reír una sensación de calidez rodeaba el ambiente. Se enamoraban de su sonrisa, sólo que sonreía poco, o quizá sonreía lo necesario, o tal vez un poco menos de lo necesario.
Mónica y Chloé se reunían frecuentemente después de las cuatro de la tarde para hablar antes de que el día muriera, era casi un ritual, elogiaban sus respectivos abrigos, botas, bufandas o guantes; se escudriñaban espiritualmente. Mónica salía de la agencia de publicidad en la que trabajaba y se dirigía caminando a un pequeño café, donde su amiga ya la esperaba con un cigarrillo y una revista de farándula. Cuando Mónica llegaba a la mesa, Chloé siempre levantaba su mirada y señalaba la revista afirmando: “Investigo algunos tipos Monic”.
1 de enero de 2008
Un recuerdo

Un día nuevo

28 de diciembre de 2007
Historias Breves de Amor
21 de diciembre de 2007
La atmósfera de la época
Que tristeza amarilla me embarga.
Que melancolía la que me envuelve.
Se oye el sonido de una puerta.
Alguien se marcha,
alguien se ha ido.
¿Volverá algún día?
Sin respuesta el minuto transcurre.
Justo ahora yo quiero cerrar la puerta,
borrar las huellas.
Marcharme.
Irme.
No volver.
Respuestas no buscar
en lo que resta de mi vida.
Joroba
Al acostarme advertí una incomodad.
La cama que se ajustaba perfectamente hace un par de meses a mi cuerpo
me expulsó a media noche y
sin compasión el frío escaló a través de mis pies,
mientras caminaba en círculo por la habitación.
La puerta entreabierta dibujó mi sombra en el suelo,
la tenue luz que se colaba a través de las ventanas
fue suficiente.
Lo supe de inmediato
Algún día se haría evidente,
¡Como olvidarlo!
La joroba, mi propia joroba,
se había formado con los años
y había empezado a estorbar al dormir.
Las culpas,
los sueños desvencijados,
las horas de infructuosa espera,
las verdades a medias,
las negativas permanentes,
los encuentros aplazados,
los viajes inconclusos,
los tragos de más,
las noches sin amor,
los días sin alegrías,
la vida misma,
se hicieron grasa en mi espalda
10 de diciembre de 2007
No siempre el amor basta

I. No sé si me entiendas
tantas mañanas y tantas noches
juntos y no juntos.
Pero, qué te pido?,
si yo tampoco logro entenderme.
II. O soy tan humana
que no logro sortear
los miedos más comunes,
los abismos más hondos,
las necesidades más sufridas.
III. Las palabras, mis palabras,
entran,
salen,
vuelven a entrar,
siento que se agotan.
Se me agotan las palabras
por eso no sé si me entiendas.
Ya nada lo arreglo con decir,
Y lo empeoro con hacer.
IV. Quisiera tener valor
pero ya me conoces,
me has visto en la más absoluta fragilidad,
me has visto ahogada en mi propio llanto
y me has visto con la mirada perdida.
Aún así no puedo pedirte que me entiendas.
V. He sembrado en tu vida
confusiones,
yo también he sembrado las mías,
no soy tan sensata
y bien lo sabes tu,
he bebido de la copa del delirio
tragos largos.
Oculto mi embriaguez.
La vida me ha obligado a hacerlo así.
VI. Cada día siento que miento,
miento al mirarme al espejo
y hallar un rostro tranquilo.
Adentro hay un hucarán,
un volcán apagado
existe.
VII. No soy más que un acertijo que no halla solución
veo muchos caminos,
pero ninguno seguro.
Te he dicho hoy que vayamos lejos,
una nueva ciudad, un nuevo país,
Pero has dicho No.
No te culpo,
No soy de fiar,
Para alguien como tu,
No soy de fiar…
Hoy no es buen día para dar consejos,
pero quizá valga la pena
decir que
no te fíes de mí.
Mi amor no es seguro,
no es seguro el amor que te tengo.
28 de noviembre de 2007
Sensaciones

XXIV.
Mis manos
descienden
por tu cuerpo
como moldeando
esculturas,
dibujando
sentimientos,
desbordando
sensaciones.
Sin prisa te exploran
descansan
en los relieves
de tu mapa
y
hallan
el sentido
para esta noche.
Rocío, Lluvia, Tormenta
A veces ocurre,
ocurre cuando cae la tarde,
pero también ocurre cuando llega la noche,
ocurre así,
en ese momento justo
tu mirada cristal se me clava en el alma;
tu voz arco iris se convierte en mi horizonte;
tus manos mariposas se posan en mi cuerpo;
el alma y la piel se confunden en la línea de una canción,
se mezclan en el desbordado y alocado cauce de la dulzura,
se fusionan en poéticas exclamaciones
y las voces se alzan estruendosamente
entre risas y sollozos.
A veces ocurre,
ocurre cuando despierta el amanecer,
ocurre cuando me transformo en rocío, lluvia, tormenta
extendida a lo largo de la línea de tu espalda
con tus cabellos en mi boca.
21 de noviembre de 2007
El Fantasma

por la eternidad.
Habrá cielos dulces.
(Dios quiere callar)
¡Y él irá con otra
por la eternidad!
Gabriela Mistral
Crucé el bar, no sé por qué razón se ubicó al fondo del lugar. Detrás de la tarima donde un par de jóvenes cantantes conquistaban con sus voces a los que allí se encontraban lo hallé con su mirada extraviada. ¿Cuánto llevas aquí? Inquirí. No supe su respuesta, no era él. Preferí callar, ¿qué sentido tenía hablar? ¿Hablar de qué?. Igual conocía ya las respuestas, conocía el carácter de las mismas, adivinaba el color de éstas. ¿Mortificarme? No tenía caso.
Me abrí espacio como pude y me senté a su lado. Le tomé sus manos y las apreté fuerte. Era inútil, la sombra de la muerte ya no era una sombra, era una noticia. Había contemplado desde hacía un par de meses esta posibilidad, tanto que ya hacía parte de mis pensamientos más cotidianos. Había sido mi decisión la de quedarme impávida y observar. Había tenido esa libertad. Esa era mi victoria sobre la muerte que diluía una vida cercana en una especie de abismo negro y profundo.
Le escuché. Lágrimas jamás saldrían en su presencia, ese era mi territorio, no el de él. Sus palabras eran convincentes, sus palabras estaban preñadas de la agonía de la muerte, tenía en sus manos la daga que atravesaría su corazón, la misma que tenía el brillo del triunfo de aquellos muertos egoístas que no descansan hasta llevarse a los que todavía conservan un rezago vital.
Estuvimos casi cerca de una hora callados: él en su delirio de muerte, yo en medio de una atmósfera turbia que no me dejaba pensar con claridad. A las once de la noche, salimos del lugar, la brisa golpeaba fuerte nuestros rostros, ibamos de la mano, no quiso que continuara acompañándole. Esa fue la última vez que lo vi. Durante casi un mes estuve buscando en los obituarios de cada día su nombre, nunca lo encontré, pero tampoco me di a la tarea de buscarlo, no sé si lo esperó alguna vez.
De esa noche sólo me quedó una pregunta. ¿Realmente estuve con él o estuve con una broma de la muerte? Creo que estuve con un fantasma.
17 de noviembre de 2007
La Mancha de Sangre

Ya no eres.
Meira Delmar
Si te quieres divertir
con encanto y con primor
sólo tienes que vivir
un verano en Nueva York
El Gran Combo
Yo apenas despertaba, no quería que el amanecer invitara a unir nuestros cuerpos en el ritmo frenético que nos había unido la noche anterior, así que demoré hasta cuando fue posible mi despertar total. Mirándolo de reojo, ya no le encontraba el atractivo que días atrás se convirtiese en el pretexto para su selección. Por supuesto, lo había elegido. Su piel carecía del brillo que tenía siempre al caer la tarde, tardes vallecaucanas, plenas de brisa y ritmos salseros, éstos últimos inseparables como un matrimonio rutinario y resignado eran el complemento perfecto del destello de su piel. En su rostro se hallaba la ausencia del encanto que me había producido cuando lo vi sonreír por primera vez.
Mientras tenía un sentido de la realidad algo distorsionado a causa de una serie de molestias físicas regadas por mi cuerpo, mi mente trató de encontrar en forma ágil las palabras pertinentes, coherentes, para brindar una explicación, pero ¿por qué diablos tenía que explicar? ¿A raíz de qué? En realidad no era ni siquiera importante en mi vida este ocasional y primer amante, había sido perfecto. No hacía parte de mi mundo, sólo sabía que se llamaba Mauricio, no me importaba más. Había cumplido mi misión, hacer de mi “primera vez” una decisión consciente, aunque preferí referirme en años posteriores a este hecho como mi primer encuentro sexual, ya habría tiempo para el amor.
La cama, las sábanas que me cubrían, me hicieron conciente de mi desnudez. La hora se acercaba, ya no soportaba más la escena. Mauricio con sus ojos desorbitados eliminó en mí el poco rastro de deseo que me despertara su cercanía días atrás. Hubiese querido decirle alguna vez que fue su expresión la que impidió un segundo encuentro, no lo hubiese entendido, estoy segura.
¿Cómo pudiste hacerme esto? Escuché su voz grave e incluso podría afirmar que en ella estaban presentes sensaciones que fluían entre el asombro y el engaño. ¿Qué te hice? No puedo creer que hagas de esto un drama. ¿Cuál es el problema? Pregunté, mientras lograba incorporarme y cubrir mi cuerpo con la sabana, el pudor llegó a mi piel, no quería que me observara a la luz del día, ese privilegio lo tendría otro, él no. No tenía derecho alguno sobre mí, salvo el recuerdo de haberle hecho el amor con furia a una virgen, a la que jamás volvería a ver, de eso me encargaría yo.
Con un impulso desmedido, imposible de encontrar en una casi mujer de quince años, le ordené que se diera la vuelta mientras yo estiraba el brazo hacia mi ropa delicadamente ordenada por mí la noche anterior, previendo una partida rápida sin mediar palabra alguna. Cuando estuve lista dejé la sábana en la cama, tomé mi bolso y me disponía atravesar el cuarto de aquel hotelucho para llegar a la puerta, pero él dando una gran zancada, dado que estaba al otro lado de la habitación, se interpuso en mi marcha. ¿Cómo pudiste? Repetía, al punto que ya estaba tornándose muy molesta la pregunta.
Al borde de la exasperación casi grité: No es problema tuyo. Esquivé su cuerpo y alcancé la puerta, al abrirla, volteé, miré directamente a sus ojos despidiéndome con una mirada cordial y amable. Sabía que esa sería la última vez que lo viera, así estaba decidido.
Quince años después, cuando atravesaba mi segundo embarazo e iba de la mano con mi hijo de cinco años por una calle peatonal, tropecé con un hombre robusto, reconocí su mirada, reconocí el verde de sus ojos, el mismo verde que se encendiera un domingo en la mañana al sentirse burlado y utilizado. Nunca fue mi intención, explicarlo en aquel entonces hubiese sido en vano.
No sé si me reconoció, iba de la mano de una joven mujer, en forma aproximada calculé que debía contar con unos diecisiete años, su piel era inocente todavía, lo pude oler en tan corto y efímero encuentro, sus ojos tenían la expresión del amor y su cuerpo frágil se aferraba a su corpulento pecho. Sin duda lo amaba. Siguieron, supuse que quizá al pasar de largo regresaría su rostro hacia la dirección en que me encontraba, supuse mal, pero tampoco importó.
Seguí, apreté la mano de mi hijo y rumié para mis adentros: Hijo mío, espero que puedas aprender a conocer a las mujeres. Aún mi ginecólogo no había logrado identificar el sexo del bebé que venía en camino, pero reparé en los tres intentos infortunados hechos por mi médico y tuve una certeza. Si, estaba esperando una hija. Desde mi vientre ella estaba tomando la decisión, ella decidía cuando se dejaría descubrir. Como una imagen difusa llegó a mí el recuerdo de la mancha de sangre y una extraña melancolía se apoderó de mí.
19 de octubre de 2007
La despedida
A Hache
Esta tarde llueve, como nunca; y notengo ganas de vivir, corazón.
César Vallejo
Que la dureza de estos tiempos no nos haga perder la ternura de nuestros corazones
Che Guevara
La tarde se vestía con una tonalidad naranja, nada brillante, era una tonalidad melancólica. Mis pensamientos giraban alrededor de ideas diversas sobre el significado de los encuentros presentidos, e incluso empezaba a considerar la idea sobre el carácter de no encuentro de tales encuentros, aún así la experiencia de encontrarse con alguien en la vera del camino, hacer un alto en el mismo y detenerse a contemplar ese alguien que apenas arriba se convierte en una experiencia completamente revitalizadora. La ansiedad me hacía su presa, era imposible luchar contra ésta, faltaba muy poco para las seis de la tarde, la misma hora en la que aparece una pena honda y profunda en mi alma, sin razón llega con el atardecer, se muere el día. Un recuerdo me envolvió en ese justo instante: La tarde en que despedí a mi padre, una tarde luminosa, una tarde en la que me sentí huérfana completamente.
Crucé la puerta del Café, uno de mis pocos sitios preferidos en esta fría y mustia ciudad. La atmósfera tranquila que me recibió no logró amilanar mi ansiedad, sólo me distrajo la mirada y la sonrisa de la mesera al darme la bienvenida y señalarme una mesa al fondo del lugar, a la que llegué justo en el momento en que mi cuerpo me advirtió su agotamiento.
Allí me senté. Busqué en mi bolso el ejemplar de la novela que estaba leyendo, novela que podría haber tenido otro título "Abandono colérico del Profesor Malik Solanka". Sumida en la lectura sólo atiné a pedir un Capuccino y una porción de Zuccotto, consciente de la forma en que estaba activando la memoria trayendo recuerdos construidos tiempos atrás muy lejos de aquí.
Leía para aliviar la agonía, pero sólo lograba identificar en los párrafos de la historia del Profesor Malik Solanka coincidiencias vitales, identificaba los agresivos silencios, las distancias impuestas, los dolores que carcomen como el cáncer y el pánico absoluto ante la mirada que se esconde en mi propia historia. El encuentro de hoy lo había concebido como una provocación a los resquicios incomprensibles del alma humana, como una provocación a mis propias complejidades, a mis propias historias tejidas y anudadas fuertemente.
"Buenas Tardes Chiquilla".
"Buenas Tardes". Contesté levantando la mirada.
La tarde moría, era evidente. Perdí por algunos segundos la noción de tiempo y espacio. Parpadeaba como un acto voluntario por hallar las coordenadas exactas en las que me encontraba, pero ¿qué hay exacto en la fuga de vivir? Por instantes los sentimientos se agolparon en mi pecho, mi corazón latió con fuerza y mis palabras estuvieron perdidas en el laberinto de mis pensamientos. Me encontré con su mirada. La expresión apesadumbrada de sus ojos, la fuerza de sus manos y su cándida sonrisa iluminó mi alma por un solo instante, sólo por un instante.
Al sentarse y sin dar tregua al tiempo, que quizá era poco, fue tejiendo sus palabras, motivadas seguramente por mis últimas apariciones verbales en el transcurso de la semana inmediatamente anterior que hacían evidente mi resistencia al olvido, al adiós sin más, al fin de un camino.
"No quiero que estas palabras suenen duras", señaló en un tono de voz dulce, ante el cual respondí con atención y anticipado dolor. "Olvídame, por favor, olvídame pronto"... Sus palabras brotaron como un manantial de agua apenas descubierto, sin pausa continuó… "He perdido el entusiasmo, la fortaleza, la creatividad de otras épocas, mi agonía es de tal magnitud que sólo tengo como respuesta el silencio"… Como si estuviese leyendo en forma clara mis pensamientos se apresuró a decir: "Si dices que empiezas a amarme, esperarías que ese sentimiento tuviera su cauce. También yo lo esperaría, si no me encontrara en cuidados intensivos, con pocas posibilidades de recuperar la salud, la salud del alma".
El frío recorría mi cuerpo, cuya causa no se encontraba en relación directa con mis sentimientos; se encontraba en el inmediato temor despertado por aquellas palabras, que al ser pronunciadas me llevaban rápidamente a un momento de mi vida a través de una imagen que involuntariamente a mi mente llegaba: Mi madre arrodillada en el suelo de aquella cocina mirándome con los ojos llenos de lágrimas, cubierta de la sangre que de sus muñecas corría por sus torneados muslos, expulsando su rabia y su dolor. Ahí estaba yo, con tan solo apenas nueve años desgarrándome internamente, maldiciendo la vida, maldiciendo mi vida. Descubriendo en mi infancia la dureza de los años venideros.
La imagen se disolvió al escuchar de nuevo sus palabras… "No tienes por qué sufrir por mí, ni sufrir por los sentimientos que en ti nacen. Advierto el tiempo de la hecatombe, advierto que esto marcha hacia un fin desastroso. No te conviene, no te conviene fijarte en mí". Como cual maldición me acompañara en este encuentro, las imágenes se sucedían sin conexión aparente con cada frase escuchada: Una mujer miraba a través del vidrio de su ventana más cercana la caída de la tarde mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, una voz masculina le repetía sin cesar… "no tiene caso, nunca podré amarte". Esa mujer era yo.
No podía hablar por el momento, no lograba encontrar palabras acertadas, por lo que preferí callar, sólo lograba incrustarme en su mirada bajo la esperanza de quedar grabada en una especie de pintura al temple. En un desesperado acto por asirme a algo, tomé entre mis manos la taza de café, que aún conservaba su calor, no la llevé a mis labios para tomar un sorbo de éste, simplemente la cubrí con mis manos.
Continuó. "Soy un interlocutor de instantes, como desgarrones de luz; soy silencio, desplazamientos interiores, soledad, hermetismo. Soy un puma que se acecha a sí mismo; toda la tensión de sus músculos, sus sentidos, dirigida a saltar sobre su presa que es él mismo". A esta altura de su acto de valentía y honestidad, yo nadaba por las mareas del tiempo, de manera violenta me encontraba en un vaivén de sentimientos, entendía de manera perfecta sus palabras y la expresión de amor y calidez que había en sus ojos, pretendí señalar las misteriosas complejidades que soportan los amores que procuro, pero en mi garganta no encontraron eco los gritos de mi alma. Sus palabras sucedían unas a otras: "Soy un excelso constructor de las distancias, un implacable ángel de la muerte del amor ¿cómo, entonces, podría querer subordinar a alguien a la tiranía de mi afecto?".
Hizo una pausa, bajó su mirada, guardó por unos instantes silencio y tomó suavemente mis manos entre las suyas; suspiró y al hacerlo sus ojos se posaron en los míos: "Lo repito sin el ánimo de herirte: es mejor que te alejes de mí. No soy buena compañía, ni buen interlocutor, ni nada... Sólo quiero unirme a los ritmos de la naturaleza de los que provengo. Si fuera creyente suplicaría a algún Dios que escuchara mi plegaria, la más sincera que he elevado durante toda mi vida, la voz más poderosa que mis labios han expresado..."
"Me quedo sin palabras", musité. Le miré fijamente con el deseo de transmitirle un sentimiento de solidaridad y complicidad frente a su desolación, lo miré con el deseo de hacerle entender que a través de muchas tormentas yo había navegado y muy a pesar de ello, de los dolores producidos por los coletazos de las olas que se agitaron violentamente, había logrado sobrevivir.
Había pasado ya casi cerca de una hora. Sus manos aún se encontraban enlazadas a las mías, me desprendí bruscamente de ellas, con la certeza de que el movimiento realizado obedecía a una naturaleza diferente a la de alejar algo que empieza a incomodar. Ante el movimiento mi naturaleza emergió, me incorporé, levanté mi mirada y en una especie de extraño e inusitado talante señalé: "Sólo puedo pensar en inicios, en comienzos, no puedo pensar en el fin de un camino en esta forma, no puedo pensar en el adiós, en el olvido. No puedo, sencillamente no puedo, pero el aparente fin del camino que has impuesto, implica quizá el comienzo de uno nuevo, en el que me descubro como parte de una arrolladora fuerza vital. Tendría la fuerza para arremeter contra el olvido, contra la impotencia, pero eso implicaría romper la lógica impuesta por la vida, por tu vida, tan ajena a la mía. No podría imponerme de esa forma, me doy el derecho, decido permanecer en otro lugar, en otro punto y desde allí observar y acompañar, no es tu responsabilidad, ni tu decisión; es mi responsabilidad y mi decisión. Aléjame cuando ya no me aprecies, no me quieras o no me desees, de lo contrario permanezco desafiando tus propias certezas con respeto y amor".
Con una recobrada fuerza me levanté de la silla. Entendía que sus caminos eran pedregosos, que en su vida permanecía la melancolía y la desazón, que el amor era un terreno en el que las distancias y los olvidos se definían por sí mismos, definitivamente comprendía las dificultades por las que quizá mi alma se enredaría, aún así mi decisión fue tomada con convicción, con la misma convicción con la que había tomado una serie de decisiones definitivas en mi vida, de las cuales nunca me había arrepentido. Mi intuición me gritaba que debía permanecer con valentía y coraje, mi humanidad no me permitía cosa distinta.
El permaneció en silencio. Lo percibí suspendido en el aire, por primera vez lo ví claramente, el hombre que aún se encontraba sentado y en silencio, no tenía piel. Lo infinito de su dolor era su mayor certeza al carecer absolutamente de ropaje para vivir, para defenderse. Supe en ese momento que debía marcharme para regresar de nuevo. Me acerqué, besé su rostro con dulzura, di la vuelta y crucé la puerta del Café, uno de mis pocos sitios preferidos en esta fría y mustia ciudad. La atmósfera tranquila que me recibiera una hora atrás había logrado finalmente amilanar mi ansiedad, al salir sólo me distrajo la mirada y la sonrisa de la mesera al despedirme y señalarme el camino hacia la puerta, a la que llegué justo en el momento en que mi cuerpo me advirtiera una sensación de vitalidad recuperada. Eché a andar sin amargura.
25 de agosto de 2007
Frases sueltas...

22 de agosto de 2007
Evocaciones...

LA PRINCESA TRISTE QUE DEJÓ DE SER PRINCESA TRISTE/En ese entonces
Voy a hacerme (hacerte) preguntas importantes,
y quizá no tengan respuesta,
pero… quisiera, me urge, saber
¿en qué momento dejé de pensar en la luna como cómplice de tristezas?
¿En qué momento dejó de acompañarme la nostalgia a flor de piel?
¿Se me perdió acaso la mirada fija en una gota de lluvia que se arrastra en un cristal?
¿O mi silencio ya me habla?
Y sintiendo e invocando los hilos dorados que tejen coincidencias
advierto que puedo escuchar mi silencio, tu silencio.
Nos escucho
cuando voy por jardines de sueño,
cuando me alimento de fuentes de colores
y me visto de azul…
Me visto de azul para esperarte,
y, escuchar por fin…
nuestro silencio.
7 de agosto de 2007
La Memoria

A propósito de la memoria, a propósito de los recuerdos, a propósito de los días de lluvia que presagian tormentas interiores, los olores nostálgicos y las imágenes que se hacen vida a través de los sueños, recupero del baúl de mis letras, pequeños fragmentos, como una posibilidad de salvarme ante la ineluctable desesperación, que emerge sin razón o con razón…sin tener siquiera la oportunidad de hacerlo palabra, acto o acontecimiento.
“Nada me ha conmovido más que aquellos cuya renuncia permanente al amor es el refugio más cálido, renuncia como forma de sobrevivir, de sobrellevar su fuego interior, me estremece profundamente cuando ante la renuncia sólo se advierte el silencio y la distancia”… Me empiezo a estremecer profundamente.
“Y ahí estaba yo, absorta, ensimismada en mi lectura. De cuando en cuando levantaba mi mirada con el ánimo de encontrarme otra mirada similar brotando ternura, vertiendo nostalgia, sólo así sabría que mi búsqueda incurable habría terminado. Pasarían muchos años hasta que un día al despertar sentí el cansancio de la búsqueda, el dolor de mis manos anhelantes y laboriosas que ya habían pasado tantas páginas, pero el agotamiento de mis ojos sólo me dejó percibir sombras difusas, mi cuerpo advirtió su propia pesadez y vértigo… Esa mañana no hice nada para levantarme, la inercia existencial se me acurrucó en el alma y en la conciencia se me hizo un nudo”… No sé si hoy estoy despertando o intentando dormir.
“En mi vida hay una imagen anhelada… Yo, a este lado de la orilla, descubriendo las corrientes mansas de un río, que arrastra consigo el rumor de los mares y los océanos profundos de tierras lejanas, mientras por mi garganta baja un sorbo de vino añejo, de vino con más años”… Me descubro anhelando, no ofrezco disculpas, ni pido perdón.
“Entre el verano y el invierno se entreteje la nostalgia. Cual misterioso es el arribo del amor, desconozco si llega como bálsamo para las heridas abiertas tras el paso de los años o, sencillamente se convierte en una premonición, en un movimiento que vaticina vendavales y muertes”… Ese es el único amor que ofrezco, la única soledad poblada que doy; la soledad es un estado interior, no una condición temporal y espacial.
“Soy la locura que me mantiene viva, cuando la rutina mental se hace presente pierdo el camino, pierdo el mapa, pierdo las coordenadas y me agoto, entro en un estado de amodorramiento espiritual… ¿Cómo encontrar el norte? ¿La existencia misma no basta? ¿El correr no es suficiente para construir diariamente la vida? No puedo ser una gran certeza”… No quiero curarme de mis delirios.
31 de julio de 2007
Enfermedad Súbita

Ronda nuevamente la innombrable agonía
la misma que se hace úlcera en mi estómago.
Me insta a vomitar mi propio delirio,
y los silencios nauseabundos son expulsados
cual cascadas de ira y dolor.
En arrebatado estado me encuentro,
es el estado febril de mi alma.
Alucino con los recuerdos,
vienen hacia mí
como flechas envenenadas,
que no pueden ser esquivadas,
y se me inscrustan en el pecho.
Empieza a doler,
el dolor es más fuerte,
me estoy muriendo.
