A través del cristal
Segundo del once,
medianoche,
miradas profundas,
abrazos inciertos,
explicaciones tardías...
Entusiasmos de papel,
besos de cristal,
rosas de algodón,
casa de arena,
danza de palabras...
Sangre encendida,
perturbadoras imágenes,
cuerpos cercanos,
almas distantes...
El reflejo del recuerdo en el cristal por el que veo transcurrir el tiempo.
12 de noviembre de 2011
17 de octubre de 2011
Nostalgia lluviosa
Nada me habla de tiSólo este olvido que se empeña cada día en ganarme la partida,
esta sensación de nostalgia amarga que se adhiere a mi cuerpo.Podría decirte que estoy rebosante de felicidad,
Podría decírtelo…
Que oscuros momentos cuando no sé dónde estoy,
cuando no sé cuánto tiempo ha pasado,cuando todo me huele distinto,
cuando tu olor ya se ha ido de mi cuerpo.
Ya nada me habla de ti,
Soy yo la que se empeña en hacerte presencia con mis palabras.
Vuelve
pero si te digo adiós, di por favor: ¡Quédate!
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19 de septiembre de 2011
Adioses en el puerto
Mar Voraz
Un faro, un susurro, una palabra, un deseo...
Mueren las velas mientras anuncian la única verdad:
Un nuevo tiempo ¿frío? ¿cálido? llegó,
el último barco se hunde,
y,
con él lo que hasta ayer fué.
Un faro, un susurro, una palabra, un deseo...
Mueren las velas mientras anuncian la única verdad:
Un nuevo tiempo ¿frío? ¿cálido? llegó,
el último barco se hunde,
y,
con él lo que hasta ayer fué.
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21 de agosto de 2011
Preguntas
Perdida Si me arranco el corazón
¿seguirá doliéndome?
Si me arranco la piel
¿seguiré sintiéndole?
Si me arranco el alma
¿seguiré recordándole?
Si dejo de existir
¿quién sentirá este amor?
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10 de julio de 2011
11 de febrero de 2011
Escribir: Autoexploración, afirmación
Sylvia Plath: Vida hecha poesía
La escritura es una casa grande, habitada por palabras huérfanas que rondan por las habitaciones deshaciendo camas y corriendo cortinas. Palabras que se asoman al desván para coquetear con las almas de los poetas, quienes caminan por lo escabrosos abismos de la realidad y la fantasía. La poesía intimista, confesional, que sobrepasa los cánones literarios, las imposiciones en el arte de escribir, se transforma en Sylvia Plath, en una forma de construir el mundo, su mundo a través de la labor poética. Un mundo que se percibía contradictorio, oscuro, anclado a los dolores de la poeta quien a los ocho años de edad sucumbió al misterioso encanto de caminar por los corredores de la casa que no podría abandonar, ni siquiera al morir.
Sylvia Plath, otra poeta suicida. Una poeta a la que se le siguen los rastros a través de las huellas dejadas por su pluma, por la perfecta coincidencia entre la experiencia vital, la metáfora y el deseo. Una poeta que logró inmortalizarse a través de su poesía, una narrativa poética cuya potencia, cuya fuerza, reside en la sublimación del dolor a través de las palabras, en la reconstrucción de sus temores, fantasmas, a través de un conjunto de simbolismos entreverados en la experiencia cotidiana, plana, sin emoción.
En la poeta, en su creación artística, en su labor poética se condensó el movimiento sublime que va de la vida a la muerte en un acto liberador. Su suicidio, una expresión aparente de un envolvente sentimiento destructivo se transformó en una extensión de la poética. En Sylvia Plath se hace evidente que la poesía es un riesgo supremo y prolongado. La poesía es testimonio de la soledad de la poeta, una soledad metafísica, expresada a través de su escritura.
En nuestra poeta, en su poesía, se conjugan en una experiencia artística, su angustia por vivir y su constante deseo de morir. Al rastrear en Ariel, su segundo y último libro de poesía, los últimos seis meses de la vida de Sylvia Plath, se pueden hallar los rasgos esenciales de la relación de la escritura como acto vital, necesario, liberador, en una línea compleja entre la vida y la muerte. Y también más allá de la muerte a través de la inmortalidad de lo escrito.
La escritura es una casa grande, habitada por palabras huérfanas que rondan por las habitaciones deshaciendo camas y corriendo cortinas. Palabras que se asoman al desván para coquetear con las almas de los poetas, quienes caminan por lo escabrosos abismos de la realidad y la fantasía. La poesía intimista, confesional, que sobrepasa los cánones literarios, las imposiciones en el arte de escribir, se transforma en Sylvia Plath, en una forma de construir el mundo, su mundo a través de la labor poética. Un mundo que se percibía contradictorio, oscuro, anclado a los dolores de la poeta quien a los ocho años de edad sucumbió al misterioso encanto de caminar por los corredores de la casa que no podría abandonar, ni siquiera al morir.
Sylvia Plath, otra poeta suicida. Una poeta a la que se le siguen los rastros a través de las huellas dejadas por su pluma, por la perfecta coincidencia entre la experiencia vital, la metáfora y el deseo. Una poeta que logró inmortalizarse a través de su poesía, una narrativa poética cuya potencia, cuya fuerza, reside en la sublimación del dolor a través de las palabras, en la reconstrucción de sus temores, fantasmas, a través de un conjunto de simbolismos entreverados en la experiencia cotidiana, plana, sin emoción.
En la poeta, en su creación artística, en su labor poética se condensó el movimiento sublime que va de la vida a la muerte en un acto liberador. Su suicidio, una expresión aparente de un envolvente sentimiento destructivo se transformó en una extensión de la poética. En Sylvia Plath se hace evidente que la poesía es un riesgo supremo y prolongado. La poesía es testimonio de la soledad de la poeta, una soledad metafísica, expresada a través de su escritura.
En nuestra poeta, en su poesía, se conjugan en una experiencia artística, su angustia por vivir y su constante deseo de morir. Al rastrear en Ariel, su segundo y último libro de poesía, los últimos seis meses de la vida de Sylvia Plath, se pueden hallar los rasgos esenciales de la relación de la escritura como acto vital, necesario, liberador, en una línea compleja entre la vida y la muerte. Y también más allá de la muerte a través de la inmortalidad de lo escrito.
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4 de noviembre de 2010
Preguntas a un sabio poeta
"Tu recuerdo sigue aquí (...)
Sé que te tengo olvidar"
"¿Quién se va, quién se queda, quién le duele más la soledad?"
El Poeta, el amor y el olvido
Mi madre alguna vez dijo que los poetas tenían las respuestas a todas las preguntas que sobre el amor y el olvido se pueden formular. ¿Es cierto, Poeta? El Poeta cierra los ojos, suspira y, se queda en silencio.
Los ojos vivaces, inocentes, de una joven de cabello negro y piel blanca, no parpadean ni por un segundo. Ella, suspira y, se queda en silencio. Aunque es un silencio distinto al del poeta. El del Poeta es el silencio de la vida que ha sido transitada por ya numerosos caminos, curtidos por el olvido; el de la joven es el silencio de la esperanza, del corazón tierno y hambriento de amores.
Bella dama, dice el Poeta, no hay respuestas sobre el amor y el olvido, por lo menos no conocidas. El amor y el olvido simplemente suceden sin advertirlo, sin saberlo y, en ambos hay que confiar. El amor te recorrerá la piel y el alma. El olvido te recorrerá la piel y el alma. No existe el uno sin el otro, son fieles entre sí, leales entre sí.
El amor, un buen día, una buena noche, un buen amanecer, un buen atardecer, tocará a tu puerta, le dejarás pasar, tibiará tus manos, calentará tus pies, besará tu frente y tus ojos, alimentará tus labios y endulzará tu vida.
El olvido, un día lluvioso, una noche fría, un angustiante amanecer, un gris atardecer, abrirá tu puerta, ante tu asombro, enfriará tus manos, paralizará tus pies, endurecerá tu ceño y oscurecerá tu mirada, tu alma hambrienta llenará de otro sabor tu vida. El amor y el olvido son inciertos, pequeña mujer.
Ni al uno, ni al otro, se le puede huir. Esa es la única respuesta que existe.
6 de octubre de 2010
Suprise Ice
"When past sometimes take you with soft hands,
forcelessly pulls you to your chair"
El mar está tranquilo, extrañamente tranquilo, sólo la intensidad del sonido, el golpeteo rítmico de las olas sobre las piedras y la sensualidad de las caricias marinas sobre la frágil arena, advierten el momento que vivimos. La mirada se ha transformado, se ha suavizado, en relación a unos cuantos años atrás; la melancolía ha sido canjeada por una galleta con sabor a infancia.
Una sonrisa, como una sorpresa, nace. Reposa en mis manos esta sorpresa... sólo mía, sólo mía.
14 de junio de 2010
Suele suceder

Pasado
Nostalgia de las risas que cada vez se hacen más lejanas,
nostalgia de viajes y miradas a través de la ventana,
nostalgia de historias comunes y compartidas,
nostalgia de sentidos y silencios comprendidos,
nostalgia de la nostalgia coincidente.
De nuevo al ataque,
y cada día se hace más fuerte
la bestia que se desliza
por los peldaños
de una floja escalera.
No puedo respirar.
Y ya no me puedo esconder.
Ni quiero.
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2 de abril de 2010
Fragmentos
- ¿Has dormido bien? Sentí ruidos en tu habitación anoche. Recordé que por estos días tus pesadillas se hacen más asiduas.
- He dormido. Ni bien, ni mal. Hay un momento en la vida en que sólo se cierran los ojos aún conscientes del riesgo que implica hacerlo. Estuve escribiendo hasta muy tarde. Perdona si te causé molestia alguna.
Vicente vivía en mi casa. Dentro de poco cumpliríamos tres años en una especie de convivencia incómoda pero necesaria, como los viejos y aburridos matrimonios, como las familias que arrastran a donde quiera que vayan un mal recuerdo. Había llegado maltrecho, apaleado, cubierto por un manto de terror que supuraba pus; sus ojos extraviados no permitieron encontrar en ellos el brillo de un ser humano, sólo dejaban entrever una fiera enjaulada, acorralada.
No supe con certeza qué me llevó a que sintiera por él un amor maternal, en apariencia inexistente en mí, pero una vez tocó a la puerta de mi casa no pude permanecer indiferente a su absoluto desamparo. Ya sabía yo lo que era llevar consigo una soledad asesina, aguda, temeraria.
- Estoy muerto Emilia, estoy muerto, vengo a que me entierres porque no tengo a nadie quien lo haga.
Sus palabras se agarraron a mi cuerpo como un cáncer. Vicente no tenía a dónde ir, no existía una familia. Estoy segura incluso que ni siquiera yo hacía parte de sus afectos más cercanos. Quizá meses atrás sólo habría leído la noticia en la que se anunciaba el premio que había recibido el que era mi marido en aquella época. En la foto del diario, sección de sociales, aparecía yo tan aislada, tan fingida, tan herida, mientras Juan tan anclado al mundo que yo no tenía recibía su premio a la mejor crónica periodística del año.
Premiado por su sensibilidad, premiado por la fidelidad con los hechos y su compromiso político. Nadie notó la tristeza en mis ojos, nadie notó que durante la recepción no estuve cerca a Juan ni por un momento como su esposa, como la mujer que lo había acompañado durante veinte años y quien era a todas luces su crítica más infalible, su correctora de estilo más fiel y su consejera gramatical, si es que existe algo así. Fui yo quien leyó, releyó, su crónica; quien sugirió su visita a los lugares donde los hechos podían palparse; quien corrigió sus frases cortantes y toscas con giros gramaticales suaves, humanos, humanos, humanos.
Ese día advertí que Juan estaba lejos de mi. Cuando llegamos a casa le di las buenas noches con una frase simple y segura. Juan me iré de la casa, no quiero vivir más contigo.
Juan no dijo nada. Era el momento indicado para romper nuestro matrimonio. Juan se había convertido en muy poco tiempo en una figura importante, viajaba dictando conferencias sobre la responsabilidad del periodismo en el país y la capacidad de reconstruir a través de sus crónicas la identidad de los que no tenían voz. Ni siquiera él notaría mi ausencia.
Una mañana lluviosa de sábado decidí que me iría a vivir en la casa que mis padres me habían heredado en las afueras de la ciudad. Nunca tuve miedo.
- Vicente pasa. Pasa.
7 de marzo de 2010
Un año atrás...
La puerta
Hubo que oír las voces detrás de las puertas,
hubo que sonreír lágrimas oscuras,
para que la vieja puerta cerrada
hiciera de la luz su amante.
El reflejo tímido aún atravesó el cuerpo tendido,
atravesó el vientre,
sacudiendo corazón y pulmones.
Hubo que escuchar el grito de una respiración nerviosa...
Y fue un dolor de cuerpo,
y fue un dolor de alma,
y fue una muerte lenta, triste, vacía y furiosa.
Una muerte lánguida del ayer.
Hubo, sencillamente, que escuchar los golpes en la puerta.
Abrirla y dejarle pasar.
A RG
Hubo que oír las voces detrás de las puertas,
hubo que sonreír lágrimas oscuras,
para que la vieja puerta cerrada
hiciera de la luz su amante.
El reflejo tímido aún atravesó el cuerpo tendido,
atravesó el vientre,
sacudiendo corazón y pulmones.
Hubo que escuchar el grito de una respiración nerviosa...
Y fue un dolor de cuerpo,
y fue un dolor de alma,
y fue una muerte lenta, triste, vacía y furiosa.
Una muerte lánguida del ayer.
Hubo, sencillamente, que escuchar los golpes en la puerta.
Abrirla y dejarle pasar.
3 de enero de 2010
El inicio del primero del año
Una húmeda y llorosa soledad
A mis padres
Como una pintura lavada en una pared
así fue tu soledad.
Como el trinar de un pájaro en la inmensidad del bosque,
como los fríos pies de una mujer bonita,
como la lluvia cayendo sobre la calle.
Desde el vientre de tu madre,
una soledad que colgaba de un trapecio sin trapecista,
una soledad pegada a la piel con el sudor del medio día,
una soledad arrullada por las nostalgias,
se pegó a tus ojos.
A mis padres
Como una pintura lavada en una pared
así fue tu soledad.
Como el trinar de un pájaro en la inmensidad del bosque,
como los fríos pies de una mujer bonita,
como la lluvia cayendo sobre la calle.
Desde el vientre de tu madre,
una soledad que colgaba de un trapecio sin trapecista,
una soledad pegada a la piel con el sudor del medio día,
una soledad arrullada por las nostalgias,
se pegó a tus ojos.
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5 de diciembre de 2009
Víspera

Víspera
En la víspera de la vida y la muerte
se suspendió tu suave respiración,
el rumor de tu risa,
la fuerza de tus delicadas manos.
En la víspera quedó un grito suspendido,
tu grito de auxilio,
mi grito de auxilio.
Un fanstasma escondido en el baúl del miedo
se burla de mi sombra,
se burla de la agonía que respiro.
Como un hueco en la tierra la herida se abre,
el manantial de hiel cubre con su lluvia un cuerpo,
el pecho se hincha, mis ojos se inundan.
En la víspera, muero.
No estoy.
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9 de noviembre de 2009
Lo que hacen los días...

Algunas veces - quizá la mayoría -
Algunas veces soy como las notas melancólicas,
que se desprenden de un piano antiguo.
También algunas veces soy como un pájaro,
un pájaro que se niega a seguir la corriente del aire.
Sencillamente algunos días el cielo está tan claro,
que por poco puedo tocar algunas verdades;
sólo que esos días son más tristes que todos,
la luz me agota y me llena la vida de cansancio;
días en los que el alma habla y llora,
en los que la saliva se hace espesa y amarga,
en los que los ojos se cubren de telarañas
y las manos de lodo.
Algunas veces transito por territorios desconocidos,
no importa no saber, no importa lo que es,
y de repente no quiero volver,
no quiero sentir el abismo,
no es miedo,
sólo que me siento feliz,
algo feliz,
un poco feliz.
Quizá ahora escriba la última línea,
ahora quizá sólo quiera cerrar los ojos,
sólo quizá ahora quiera caer lentamente.
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3 de septiembre de 2009
Aún en una especie de sopor nostálgico

El camino de un último recuerdo
En un jardín oscuro, espeso, selvático,
regado por mi nostalgia,
floreció un último recuerdo.
Un último recuerdo.
Tu olor se quedó adherido a mi piel,
mis entrañas se llenaron de la nostalgia de la tarde,
tu boca se hizo boca en la mía,
y,
mis manos alzaron vuelo como las aves en el cielo.
Las caricias se desprendieron del cuerpo,
Los besos se quedaron colgados en las líneas de la noche,
las voces se perdieron en los abismos del silencio,
y,
el arquitecto del horizonte más lejano tenía tu nombre.
Caminé despacio,
conté cada uno de mis pasos,
y,
en el último paso,
en ese último escalón,
en el que el camino encontraba el final,
un último recuerdo se hizo luz.
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23 de agosto de 2009
Y la vida encuentra un reposo...
Lugares primeros/lugares de origen
El dolor bautizó mis entrañas en un tránsito por la vida haciéndose lluvia y fuego.
Engarzadas, enredadas, despellejadas,
están en la reja azulgris del antejardín de mi cuerpo.
Desde allí se escuchan,
llorosas y comprensivas,
me hablan, me susurran, me confiesan sus pecados,
me lloro y me comprendo.
Como un milagro esperado el lapislázuli en cruz me da la absolución.
El fondo de mi vientre,
depósito fértil de mis entrañas,
sin rezago de dolor,
espera y clama,
como si ahora tuviera diez años,
doce, trece o treinta y tres.
Como si volviera al lugar primero.
Como si la mirada nostálgica de aquel niño,
hiciera huella en los caminos de mi propio cuerpo,
como si sus manos ausentes,
como si su cuerpo que apenas despuntaba formas y movimientos,
me poblara las cejas, las manos, las piernas y los labios
con el olor de añoranza,
con el sonido de una caja de música.
Como si volviera al lugar de origen.
Como si las palabras no dichas por no conocerlas
dibujaran los caminos para que ahí se hiciera vida,
para que allí naciera la fuerza,
para que allí nacieran los caminos de la espera,
los caminos del encuentro.
Ahora que mis entrañas están renovadas
por el dolor, las lágrimas, la sangre
y,
la vida,
me embriago durante el día con el sonido de las voces
y
me seducen las imágenes del hoy, del ayer.
Me entrego sin temor.
Un pasado que se hace presente,
va cubriendo de pasos,
pasos tuyos,
pasos tiempo,
pasos deseo,
pasos corazón,
el camino hacia el antejardín de mi cuerpo.
Recorre el hueco de mi ombligo con tus dedos de hoy y de mañana,
encuentra un puerto despejado
en los pliegues de mi cintura o de mis caderas,
y renuévate allí como el presente.
Bautízame ahora con la pureza del recuerdo,
del recuerdo de las manos
y
de los abrazos.
Devuélveme la historia,
la que a dos manos se escribió,
la que a la luz de una lámpara de petróleo
se hizo perdurable,
se hizo hogar,
se hizo pan recién horneado,
se hizo olor a llano,
se hizo color a atardecer.
Se hizo lugar primero.
Se hizo lugar de origen.
El dolor bautizó mis entrañas en un tránsito por la vida haciéndose lluvia y fuego.
Engarzadas, enredadas, despellejadas,
están en la reja azulgris del antejardín de mi cuerpo.
Desde allí se escuchan,
llorosas y comprensivas,
me hablan, me susurran, me confiesan sus pecados,
me lloro y me comprendo.
Como un milagro esperado el lapislázuli en cruz me da la absolución.
El fondo de mi vientre,
depósito fértil de mis entrañas,
sin rezago de dolor,
espera y clama,
como si ahora tuviera diez años,
doce, trece o treinta y tres.
Como si volviera al lugar primero.
Como si la mirada nostálgica de aquel niño,
hiciera huella en los caminos de mi propio cuerpo,
como si sus manos ausentes,
como si su cuerpo que apenas despuntaba formas y movimientos,
me poblara las cejas, las manos, las piernas y los labios
con el olor de añoranza,
con el sonido de una caja de música.
Como si volviera al lugar de origen.
Como si las palabras no dichas por no conocerlas
dibujaran los caminos para que ahí se hiciera vida,
para que allí naciera la fuerza,
para que allí nacieran los caminos de la espera,
los caminos del encuentro.
Ahora que mis entrañas están renovadas
por el dolor, las lágrimas, la sangre
y,
la vida,
me embriago durante el día con el sonido de las voces
y
me seducen las imágenes del hoy, del ayer.
Me entrego sin temor.
Un pasado que se hace presente,
va cubriendo de pasos,
pasos tuyos,
pasos tiempo,
pasos deseo,
pasos corazón,
el camino hacia el antejardín de mi cuerpo.
Recorre el hueco de mi ombligo con tus dedos de hoy y de mañana,
encuentra un puerto despejado
en los pliegues de mi cintura o de mis caderas,
y renuévate allí como el presente.
Bautízame ahora con la pureza del recuerdo,
del recuerdo de las manos
y
de los abrazos.
Devuélveme la historia,
la que a dos manos se escribió,
la que a la luz de una lámpara de petróleo
se hizo perdurable,
se hizo hogar,
se hizo pan recién horneado,
se hizo olor a llano,
se hizo color a atardecer.
Se hizo lugar primero.
Se hizo lugar de origen.
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29 de julio de 2009
Grave enfermedad
1856 - 1897
A veces pienso que estoy viva
¡Que estupidez!
Desciendo a la muerte día a día,
noche a noche,
no puedo evitarlo,
¿alguna vez pude?
Me arrastra un río de sangre, huesos, bilis,
un río de tiempo,
el río de un siglo atrás.
Soy yo la que regresa a la tumba que no encontré,
soy yo la que se transforma en huesos pulverizados,
soy yo la que no puede suplicar a un corazón seco cubierto de olvido.
Percibo entre la neblina, con olor a muerto, tu sonrisa,
no te veo, pero estás cerca, cada vez más cerca,
y, de repente,
mis mejillas son de nuevo tu asilo,
el asilo de tus manos cargadas de ira,
mis labios se convierten en una línea delgada de dolor,
mis ojos, mis grandes ojos, se llenan de agua de mar agobiado,
se inundan de agua de lluvia triste,
de lluvia fina,
de lluvia que ya ni siquiera nombrarla puedo.
Mi cuerpo se desploma sobre una fría lápida,
1856-1897,
clavada en un jardín de muertos,
y lloro,
lloro porque me quedé en el mundo de los vivos sintiéndome una muerta,
lloro porque palabras, tengo en exceso; pero no me salvan.
Se necesita más que palabras para respirar.
Lloro porque el alma es estéril.
Un alma aniquilada,
un asustado cuerpo,
que está cansado,
muy cansado,
muy silencioso,
cubierto de agua y sal,
protegido con cicatrices que ya no sangran,
abrigado con telarañas de horror y miedo,
un cuerpo paralizado que no tiene lugar.
¿Es tan doloroso el cuerpo?
¿Es tan fría el alma?
Se desgaja un manantial de olvido,
todo deja de existir,
un manto oscuro de indiferencia
me hace vomitar,
y el estómago me duele,
y mi columna no me sostiene,
y mis rodillas flaquean,
y mi cabello se cae,
y mi boca se seca,
y mis ojos se llenan de nubes prematuras,
sólo mis dedos se empeñan en recuperar algo de vida
aunque me duelan mis manos.
La enfermedad soy yo,
para mi no tengo cura.
Voy a llorar.
Un instante tras otro,
una hora tras otra,
un día tras otro,
una noche tras otra,
Voy a llorar,
porque ya no puedo hablar.
Voy a llorar,
porque es la tinta a través de la cual escribo mi agonía.
Voy a llorar,
en un acto de sinceridad,
porque no hay otra forma de aliviar esta enfermedad.
La enfermedad de recordar los muertos, los vivos.
La enfermedad de soportar pequeñas porciones de cementerio que componen la vida.
La enfermedad de obligarme a buscar el sentido de realidad.
Hoy estoy más enferma que nunca,
no es importante,
sólo es grave.
Hoy estoy más enferma que nunca,
enferma desde hace un siglo atrás.
1856 – 1897
Un último vistazo a la tumba de mi dolor.
A veces pienso que estoy viva
¡Que estupidez!
Desciendo a la muerte día a día,
noche a noche,
no puedo evitarlo,
¿alguna vez pude?
Me arrastra un río de sangre, huesos, bilis,
un río de tiempo,
el río de un siglo atrás.
Soy yo la que regresa a la tumba que no encontré,
soy yo la que se transforma en huesos pulverizados,
soy yo la que no puede suplicar a un corazón seco cubierto de olvido.
Percibo entre la neblina, con olor a muerto, tu sonrisa,
no te veo, pero estás cerca, cada vez más cerca,
y, de repente,
mis mejillas son de nuevo tu asilo,
el asilo de tus manos cargadas de ira,
mis labios se convierten en una línea delgada de dolor,
mis ojos, mis grandes ojos, se llenan de agua de mar agobiado,
se inundan de agua de lluvia triste,
de lluvia fina,
de lluvia que ya ni siquiera nombrarla puedo.
Mi cuerpo se desploma sobre una fría lápida,
1856-1897,
clavada en un jardín de muertos,
y lloro,
lloro porque me quedé en el mundo de los vivos sintiéndome una muerta,
lloro porque palabras, tengo en exceso; pero no me salvan.
Se necesita más que palabras para respirar.
Lloro porque el alma es estéril.
Un alma aniquilada,
un asustado cuerpo,
que está cansado,
muy cansado,
muy silencioso,
cubierto de agua y sal,
protegido con cicatrices que ya no sangran,
abrigado con telarañas de horror y miedo,
un cuerpo paralizado que no tiene lugar.
¿Es tan doloroso el cuerpo?
¿Es tan fría el alma?
Se desgaja un manantial de olvido,
todo deja de existir,
un manto oscuro de indiferencia
me hace vomitar,
y el estómago me duele,
y mi columna no me sostiene,
y mis rodillas flaquean,
y mi cabello se cae,
y mi boca se seca,
y mis ojos se llenan de nubes prematuras,
sólo mis dedos se empeñan en recuperar algo de vida
aunque me duelan mis manos.
La enfermedad soy yo,
para mi no tengo cura.
Voy a llorar.
Un instante tras otro,
una hora tras otra,
un día tras otro,
una noche tras otra,
Voy a llorar,
porque ya no puedo hablar.
Voy a llorar,
porque es la tinta a través de la cual escribo mi agonía.
Voy a llorar,
en un acto de sinceridad,
porque no hay otra forma de aliviar esta enfermedad.
La enfermedad de recordar los muertos, los vivos.
La enfermedad de soportar pequeñas porciones de cementerio que componen la vida.
La enfermedad de obligarme a buscar el sentido de realidad.
Hoy estoy más enferma que nunca,
no es importante,
sólo es grave.
Hoy estoy más enferma que nunca,
enferma desde hace un siglo atrás.
1856 – 1897
Un último vistazo a la tumba de mi dolor.
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19 de junio de 2009
La piel: la memoria de la vida
Úlcera
Se desprendió el último pedazo de mi piel,
ensangrentado, putrefacto, fétido,
cubierto por una sucia costra
una costra histórica,
formada allí
en un lugar indefinido
por el tiempo sin sentido;
por la sensación de vacío en el estómago;
por los secretos, los grandes y los pequeños;
por las culpas, las propias y las ajenas;
por los amores, los correspondidos y los no correspondidos.
Se desprendió en forma lenta,
con una tristeza tan honda y profunda,
que ya no tenía nombre.
Se desprendió como un bolero,
un melancólico bolero que asesina el alma
y envuelve lo poco de vida en un oscuro y pesado manto.
Se desprendió como la última hoja de un viejo libro.
Se desprendió el último pedazo de mi piel.
Y me he quedado con una llaga abierta.
Una herida tiene esperanza, cerrará algún día,
pero
¿una llaga? ¿una llaga expuesta al aire, al sol, a la lluvia? ¿una úlcera?
No, esa no tiene esperanza.
Si pudiera desandar el camino,
tapar mis oídos,
llenar mi boca de papel,
atar mis manos a la tierra,
una piel nueva nacería.
Pero mis oídos, mi boca, mis manos han desaparecido.
Se desprendió el último pedazo de mi piel,
ensangrentado, putrefacto, fétido,
cubierto por una sucia costra
una costra histórica,
formada allí
en un lugar indefinido
por el tiempo sin sentido;
por la sensación de vacío en el estómago;
por los secretos, los grandes y los pequeños;
por las culpas, las propias y las ajenas;
por los amores, los correspondidos y los no correspondidos.
Se desprendió en forma lenta,
con una tristeza tan honda y profunda,
que ya no tenía nombre.
Se desprendió como un bolero,
un melancólico bolero que asesina el alma
y envuelve lo poco de vida en un oscuro y pesado manto.
Se desprendió como la última hoja de un viejo libro.
Se desprendió el último pedazo de mi piel.
Y me he quedado con una llaga abierta.
Una herida tiene esperanza, cerrará algún día,
pero
¿una llaga? ¿una llaga expuesta al aire, al sol, a la lluvia? ¿una úlcera?
No, esa no tiene esperanza.
Si pudiera desandar el camino,
tapar mis oídos,
llenar mi boca de papel,
atar mis manos a la tierra,
una piel nueva nacería.
Pero mis oídos, mi boca, mis manos han desaparecido.
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Adriana González Perdomo,
Nostalgia.,
Poesía Colombiana
1 de junio de 2009
No es esterilidad...
Resistir
No se es estéril cuando no se puede concebir,
no se es estéril cuando el vientre no se hincha,
no se es estéril cuando el cuerpo es seco,
no se es estéril cuando no se puede parir.
No se es estéril cuando la boca está repleta de palabras,
no se es estéril cuando los ojos se llenan de lágrimas,
no se es estéril cuando los brazos tienen fuerza para luchar,
no se es estéril cuando el cuerpo resiste al dolor,
no se es estéril cuando las piernas aún pueden sostener huesos y músculos,
no se estéril cuando el corazón se arruga y sangra.
No se es estéril cuando se advierte un escupitajo de vida en el camino aún,
no se es estéril cuando no se sabe diferenciar entre la bondad y la crueldad aún,
no se es estéril cuando la frente no se llena de miedo aún,
no se es estéril cuando al estómago no le gana el hambre aún,
no se es estéril cuando los amigos se llenan de ternura aún.
No se es estéril cuando se resiste,
cuando se resiste con la boca,
con los ojos,
con los brazos,
con el cuerpo,
con las piernas,
con el corazón.
A mis amigos, a los que se quedan, a los que se fueron,
a los pobres que arrojaron a la esterilidad.
Se fue el fatídico Mayo pero Junio llega igual
No se es estéril cuando no se puede concebir,
no se es estéril cuando el vientre no se hincha,
no se es estéril cuando el cuerpo es seco,
no se es estéril cuando no se puede parir.
No se es estéril cuando la boca está repleta de palabras,
no se es estéril cuando los ojos se llenan de lágrimas,
no se es estéril cuando los brazos tienen fuerza para luchar,
no se es estéril cuando el cuerpo resiste al dolor,
no se es estéril cuando las piernas aún pueden sostener huesos y músculos,
no se estéril cuando el corazón se arruga y sangra.
No se es estéril cuando se advierte un escupitajo de vida en el camino aún,
no se es estéril cuando no se sabe diferenciar entre la bondad y la crueldad aún,
no se es estéril cuando la frente no se llena de miedo aún,
no se es estéril cuando al estómago no le gana el hambre aún,
no se es estéril cuando los amigos se llenan de ternura aún.
No se es estéril cuando se resiste,
cuando se resiste con la boca,
con los ojos,
con los brazos,
con el cuerpo,
con las piernas,
con el corazón.
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