16 de mayo de 2020

De pandemias, crisis y edades


Reflexiones breves desde ¿un lugar seguro? (I)

Por Adriana González Perdomo




Durante las últimas semanas, no sé cuántas veces he leído en diferente post, tweets, mensajes de WhatsApp la siguiente frase: “el mundo cambió”.  ¿Cuándo cambió? ¿Qué cambió? ¿Cambió el mundo el 11 de enero de 2020 con la primera muerte en Wuhan o cambió el 6 de marzo con el primer caso confirmado de COVID-19 en Colombia? ¿Cambiaron nuestras prácticas, nuestros vínculos, nuestras formas de relacionarnos o simplemente se ha reducido nuestra capacidad de agencia al espacio de lo posible en medio del aislamiento obligatorio?

Son las preguntas que rondan cuando me detengo a escudriñar por los sentidos que esconde esa frase convertida en lugar común; que habita de repente el espacio de la incierta cotidianidad en la que hoy nos zambullimos sin alternativa alguna. Me arriesgo a proponer que uno de los sentidos que podría ser endilgado a esa noción de cambio es el de la pérdida de la certidumbre o la emergencia del vacío: la economía se tambalea debido a la correlación de fuerzas económicas mundiales y la necesidad de responder ante una crisis global de salud pública que no estaba prevista en absoluto; la ausencia de liderazgos políticos y la imposibilidad de imaginar escenarios futuros sin que aparezca una suerte de mesianismo a través de pruebas de ensayo y error; y, la percepción del espacio seguro con todos sus matices desplazada por la inminente amenaza que supone quien está a mi lado a dos metros de distancia.  Sin duda la amenaza no es un riesgo.

En un nivel más cercano los seres humanos necesitamos certezas mínimas para tomar decisiones individuales o colectivas, es la forma como nos insertamos a las lógicas de la vida social en espacios conocidos. Hoy, las certezas mínimas han desaparecido ¿por un tiempo? para dar lugar a la amenaza que representa salir de nuestro lugar seguro, o por lo menos, el que hasta ahora parece ser el más seguro: nuestras casas o, en el mejor y más preciso de los términos, los confinamientos privilegiados que obligan a los gobiernos a hacerse cargo de las precariedades de los sistemas de seguridad social.

Hace algunos años atrás vi una película cuya trama me permitió explicar la teoría durkheimiana a mis estudiantes de sociología, “The Village”, en la que una comunidad del siglo XIX comparte normas de convivencia soportadas en la prohibición de cruzar el bosque so pena de poner en riesgo el acuerdo básico entre los aldeanos y las criaturas que habitaban las fronteras de la aldea. La prohibición a su vez era el único mecanismo de supervivencia, el único lazo que unía a la comunidad en su propia defensa. Las criaturas malvadas, representadas así en el imaginario de los aldeanos, era la concreción de la amenaza.

Hoy, más allá de las fronteras de nuestros lugares seguros se halla la amenaza de un virus que nos vuelca a vivir una realidad distópica en la que el confinamiento, la quietud relativa, es el lugar más seguro, para algunos en completa soledad y para otros en la soledad que representa convivir con alguien más en un mismo espacio que hoy se traduce en el espacio para preservar la vida.   

Solo por despertar curiosidades en esta cuarentena. En 1925 murió el compositor y pianista francés, Erik Satie, por causa de una enfermedad pulmonar. El músico años atrás, huyendo de la vida cultural de París, se había confinado voluntariamente en una habitación en Arcueil, a la que, según sus biógrafos, no permitía ingreso alguno. Al morir, ese lugar seguro que era su habitación, como era de esperarse, fue develado y con ello quedaron a expensas del ojo público su colección de paraguas, sus cartas de amor, sus dibujos y partituras de composiciones hasta ese momento desconocidas. La muerte rompió el vínculo que tenía con sus posesiones más preciadas. Si ocurre que quiere Usted escuchar el silencio de esta quietud relativa me permito sugerirle escuchar las Gimnopedias de Satie.

10 de enero de 2019

Bukowski o la pérdida del pudor




Por Adriana González Perdomo

Es un buen tiempo para volver a este lugar virtual. Un lugar especial que requiere ser conquistado. Y es un lugar para habitar con otras imágenes. 

Han pasado cinco años desde que publiqué por última vez. El último día del año 2013.  Lo recuerdo perfectamente. Un día soleado en Bogotá, almuerzo de fin de año en un restaurante del Barrio La Macarena y en la noche: un apartamento para mí, una copa de vino y la sonrisa dibujada al brindar por los movimientos de ese año. Y por supuesto una poesía: Un grito de Abril http://elmundodeariadna.blogspot.com/2013/12/un-grito-de-abril-grito.html. 

Ese 2013 había sido recibido viviendo en Cali y ahora era despedido en Bogotá. Mi vida se escribe permanentemente entre estas dos ciudades. A una y otra estoy atada, aunque odie las ataduras. Esto último quizá lo explique todo.

Hoy escribo nuevamente. Lo hago en Cali. Otra vez. Los últimos tres días han sido extrañamente días grises en esta ciudad donde el sol no da tregua. Días grises, no de aquellos donde la nostalgia está a flor de piel. No. A mí se me parecen a los días grises en los que lo único que se desea es escurrirse en la poesía de Vallejo, Pessoa, Bukowski, es decir, días grises en donde el ropaje es la poesía.

Pero a mí me seduce Bukowski. Lo siento cercano en una especie de amistad íntima que teje diálogos que solo son posibles en almas que sienten de otra manera. mamo cerveza/en la cocina/y pienso en/limpiarme las uñas/y afeitarme/mientras escucho la/cadena clásica en/la radio./ponen música de/vacaciones. 

Bukowski es irreverente, es crudo, es desgarrador, es real.  En él, encuentro la experiencia de la vida en cada respiración. Su poesía no es un diálogo místico, su poesía es su vida misma, sus amantes, sus resacas, su pobreza, su deseo por vivir a su manera, y, su escritura, la que no venía de un deseo por ser reconocido como escritor. Su escritura la necesitaba para sobrellevar cada minuto de la vida, sus relaciones fallidas, su empleo en la oficina de correos en Los Ángeles. Y a los 50 años terminó su primera novela El Cartero.

Bukowski recogió la esencia de las relaciones sexoafectivas en su narrativa: el sexo como la esencia del encuentro y del desencuentro. Así encaró lo que a las sociedades pacatas y moralistas les causa tanta incomodidad: me importas, cariño, te quiero/ la única razón por la que me tiré a L. es que tú te tiraste a Z. y entonces yo me tiré a R. y tú te tiraste a N./ y porque te tiraste a N. tuve que tirarme a/ Y. pero pienso en ti constantemente, te siento/aquí en mi panza como a un bebé, yo diría que es amor,

¿Underground? Tal vez. Y pienso que quizá lo que asusta es darse cuenta que la vida es tal como es sin tanto rodeo. La vida no es agradable, no es cómoda tampoco, pero es allí en donde su sabor se vuelve excitante para intentar gozarse cada gota de ella con generosidad. estas 2 mujeres que conozco/son buenas tanto/dentro como fuera de/la cama/ y son inteligentes/inteligentes de sobra para saber/que no pueden venir a verme/ y quedarse/ más de una/ o dos horas/ son bastante/parecidas/ y sé que/ si leen este poema/ lo entenderán/ tan/ bien como/ entienden a/ Rimbaud o a Rilke/ o a Keats

Deslizarse en su poesía es desnudarse, es encontrarse en ella a través de los deseos ocultos o los deseos consumados. ¿vamos a ir al cine o no?/ le preguntó ella./ vale, dijo él, vamos./ no voy a llevar bragas/ para que me hagas un dedo a/ oscuras, dijo ella. Por eso Bukowski es una invitación a despachar el pudor sin tiquete de regreso.  La poesía jamás es literal, la poesía está cargada de lenguaje metafórico, la poesía es capaz de desplazarnos a otros territorios de la vida, especialmente al territorio de la honestidad brutal. Por eso se vuelve desafiante, es una invitación a perder el pudor para hacernos libres.



31 de diciembre de 2013

Un grito de Abril



Grito.
Grito fuerte, nadie escucha.
Un grito en silencio, un grito pidiendo auxilio.
Me ahogo.
En mi garganta se queda atascado 
el odio que quiero liberar,
el odio que deseo no te toque.
El odio que me hace doler la piel
cuando el viento me trae tu olor.
Un odio desconocido habitando en mí.
Con angustia, el odio transformado en amor permanente,
hincha mi corazón de nostalgia.
Me asusta
porque lo quiero lejos de mí,
lejos de mi cuerpo y de mi alma.
lejos de mi cama y de mi baño,
lejos de mi cocina y de mi jardín.
¡Vete!
No quiero seguir ahogándome en este grito de odio y amor,
no quiero vivir asediada por el fantasma que me habita,
no quiero cerrar los ojos y encontrarme en tus ojos fríos e inexpresivos.
Te arranco odio maldito.
Te arranco amor perdido.
Nadie escucha, nadie entiende.
Te digo adiós.

21 de julio de 2013

Emociones

Desborde
A ti, incitador de mi desbordada emoción.

Camino por la Avenida Paulista en Sao Paulo,
camino por la Mitad del mundo en Ecuador,
camino por el Gran Canal de Venecia,
camino por la orilla del Río Magdalena,
camino por las tumbas ancestrales de San Agustín,
camino por las murallas de Cartagena.

En el hacer camino tejo mi desborde,
le doy vida,
le doy aliento,
le doy fuerza,
los acordes que resuenan en mi corazón
retumban en mi territorio,
en mi patria,
bien sabes cuál es.

Siento,
presiento,
lo siento por el mundo.
Bocanadas de aire me ahogan,
se hincha mi pecho,
se contrae mi vientre,
se dilatan mis fosas nasales.
Respiro,
lanzo una plegaria al universo
por mí,
por ti,
por ellos,
por los que se fueron,
por los que vendrán.

Me recojo
en ti,
me quedo
en ti,
me desbordo
en ti.
Camino a través de la línea que te divide.
Camino por la historia que fuiste.
Camino por el alma del hombre que eres.

En tu camino tejo mis desborde.

Afirmaciones

Irremediablemente
 
A ti
 
Si,
irremediablemente,
hoy habitas en la casa de mi alma,
has atravesado el largo corredor de mi mente,
ya no te pienso,
te siento...
 
A la puerta nadie llamó,
ni escuché alguna voz,
confiada estaba
en que el manojo de llaves que me abrían,
extraviado se encontraba en el universo infinito,
en oscura y misteriosa espera
con la certeza
de no ser encontrado nunca.
 
Irremediablemente,
ahora las puertas están abiertas,
las habitaciones de mi alma,
están pobladas
de ausencias presentes,
de presencias ausentes,
de palabras que se transforman en necesidades,
de distancias que no duelen,
de llamados,
de voces,
de risas y temores.
 
Desde el jardín florido de mi casa,
sentada bajo una cascada de emociones,
cristalinas y puras,
advierto que te esperaba
para envolverte en sensaciones
y poesías.
 
La casa de mi alma,
respira,
canta,
danza,
con la certeza
de saber
que estás.
 
Estás.
Llegas.
Vienes.
 
Irremediablemente
la casa de mi alma,
remecida
hoy se encuentra,
y,
por fortuna de mi alma,
sin grietas alguna.
 
Hoy ya no te pienso,
te siento,
porque habitas en mí,
sin que me hayas habitado nunca.

Encuentros


Cómplices/Testigos

Al ser que me habita hoy

La noche fue cómplice de susurros,
de voces hacedoras de historias,
de sensibilidades despiertas
a través del movimiento de dedos invisibles,
exploradores,
descubridores,
generosos en recorridos.

La noche fue cómplice
de mi resbalosa humedad,
de mi garganta seca,
de mi piel despierta,
de mi sangre más que tibia.

En otro lugar,
tu,
recibiéndome,
 invitándome,
convocándome,
llamándome.

Yo,
en este lugar,
ahogándome
en susurros
a través
de tu voz.

Ventanas Abiertas

Podría/Quiero

Al ser que me habita hoy

Podría pensar que llegas a mi alma con un propósito,
podría pensar que vienes sin anunciarte,
podría pensar que te vas sin avisar,
podría pensar que al irte jamás desaparecerás...

Pero no quiero pensar... 
Quiero vivir el sentido de tu llegada, accidental o no, tu llegada,
quiero vivir el sentido de este camino lento,
quiero vivir el sentido de una partida bañada de nostalgia productiva,
quiero vivir el sentido de que habites en mí aún a pesar de ti mismo, de mi misma...

Sin duda, 
lo pienso,
lo vivo,
sin duda,
empiezo a extrañarte...

12 de noviembre de 2011

El Amor en los tiempos del cólera

A través del cristal

Segundo del once,
medianoche,
miradas profundas,
abrazos inciertos,
explicaciones tardías...

Entusiasmos de papel,
besos de cristal,
rosas de algodón,
casa de arena,
danza de palabras...

Sangre encendida,
perturbadoras imágenes,
cuerpos cercanos,
almas distantes...

El reflejo del recuerdo en el cristal por el que veo transcurrir el tiempo.
 

17 de octubre de 2011

Nostalgia lluviosa

Nada me habla de ti


Sólo este olvido que se empeña cada día en ganarme la partida,
esta sensación de nostalgia amarga que se adhiere a mi cuerpo.

Podría decirte que estoy rebosante de felicidad,

Podría decírtelo…

Que oscuros momentos cuando no sé dónde estoy,
cuando no sé cuánto tiempo ha pasado,
cuando todo me huele distinto,
cuando tu olor ya se ha ido de mi cuerpo.

Ya nada me habla de ti,
Soy yo la que se empeña en hacerte presencia con mis palabras.
Vuelve
pero si te digo adiós, di por favor: ¡Quédate!

19 de septiembre de 2011

Adioses en el puerto

Mar Voraz

Un faro, un susurro, una palabra, un deseo...
Mueren las velas mientras anuncian la única verdad:
Un nuevo tiempo ¿frío? ¿cálido? llegó,
el último barco se hunde,
y,
con él lo que hasta ayer fué.

21 de agosto de 2011

Preguntas

Perdida

Si me arranco el corazón
¿seguirá doliéndome?
Si me arranco la piel
¿seguiré sintiéndole?
Si me arranco el alma
¿seguiré recordándole?
Si dejo de existir
¿quién sentirá este amor?

10 de julio de 2011

Por si acaso...

Si olvido el sabor de la miel,
el olor de la canela,
la tibieza de una chimenea,
la frescura de un amanecer,
lentamente mi alma partiría,
mi cuerpo descansaría,
y,
mis pasos en el tiempo
me sobrevivirían como la imagen sepia de un recuerdo.


Cambio de Estación

El botín


Quedarme enredada en tus manos, eso quisiera
para que tus dedos se hicieran un nido;
así podría irme a deambular por los caminos espesos de las líneas de tus manos.
Cuando duermes, como una ladrona,
me aferro a tus manos,
mi único botín.
Cuando despiertas,
impávida sé que tus manos se van.

11 de febrero de 2011

Escribir: Autoexploración, afirmación

Sylvia Plath: Vida hecha poesía

La escritura es una casa grande, habitada por palabras huérfanas que rondan por las habitaciones deshaciendo camas y corriendo cortinas. Palabras que se asoman al desván para coquetear con las almas de los poetas, quienes caminan por lo escabrosos abismos de la realidad y la fantasía. La poesía intimista, confesional, que sobrepasa los cánones literarios, las imposiciones en el arte de escribir, se transforma en Sylvia Plath, en una forma de construir el mundo, su mundo a través de la labor poética. Un mundo que se percibía contradictorio, oscuro, anclado a los dolores de la poeta quien a los ocho años de edad sucumbió al misterioso encanto de caminar por los corredores de la casa que no podría abandonar, ni siquiera al morir.

Sylvia Plath, otra poeta suicida. Una poeta a la que se le siguen los rastros a través de las huellas dejadas por su pluma, por la perfecta coincidencia entre la experiencia vital, la metáfora y el deseo. Una poeta que logró inmortalizarse a través de su poesía, una narrativa poética cuya potencia, cuya fuerza, reside en la sublimación del dolor a través de las palabras, en la reconstrucción de sus temores, fantasmas, a través de un conjunto de simbolismos entreverados en la experiencia cotidiana, plana, sin emoción.

En la poeta, en su creación artística, en su labor poética se condensó el movimiento sublime que va de la vida a la muerte en un acto liberador. Su suicidio, una expresión aparente de un envolvente sentimiento destructivo se transformó en una extensión de la poética. En Sylvia Plath se hace evidente que la poesía es un riesgo supremo y prolongado. La poesía es testimonio de la soledad de la poeta, una soledad metafísica, expresada a través de su escritura.

En nuestra poeta, en su poesía, se conjugan en una experiencia artística, su angustia por vivir y su constante deseo de morir. Al rastrear en Ariel, su segundo y último libro de poesía, los últimos seis meses de la vida de Sylvia Plath, se pueden hallar los rasgos esenciales de la relación de la escritura como acto vital, necesario, liberador, en una línea compleja entre la vida y la muerte. Y también más allá de la muerte a través de la inmortalidad de lo escrito.

4 de noviembre de 2010

Preguntas a un sabio poeta

"Tu recuerdo sigue aquí (...)
Sé que te tengo olvidar"
"¿Quién se va, quién se queda, quién le duele más la soledad?"
El Poeta, el amor y el olvido
Mi madre alguna vez dijo que los poetas tenían las respuestas a todas las preguntas que sobre el amor y el olvido se pueden formular. ¿Es cierto, Poeta? El Poeta cierra los ojos, suspira y, se queda en silencio.
Los ojos vivaces, inocentes, de una joven de cabello negro y piel blanca, no parpadean ni por un segundo. Ella, suspira y, se queda en silencio. Aunque es un silencio distinto al del poeta. El del Poeta es el silencio de la vida que ha sido transitada por ya numerosos caminos, curtidos por el olvido; el de la joven es el silencio de la esperanza, del corazón tierno y hambriento de amores.
Bella dama, dice el Poeta, no hay respuestas sobre el amor y el olvido, por lo menos no conocidas. El amor y el olvido simplemente suceden sin advertirlo, sin saberlo y, en ambos hay que confiar. El amor te recorrerá la piel y el alma. El olvido te recorrerá la piel y el alma. No existe el uno sin el otro, son fieles entre sí, leales entre sí.
El amor, un buen día, una buena noche, un buen amanecer, un buen atardecer, tocará a tu puerta, le dejarás pasar, tibiará tus manos, calentará tus pies, besará tu frente y tus ojos, alimentará tus labios y endulzará tu vida.
El olvido, un día lluvioso, una noche fría, un angustiante amanecer, un gris atardecer, abrirá tu puerta, ante tu asombro, enfriará tus manos, paralizará tus pies, endurecerá tu ceño y oscurecerá tu mirada, tu alma hambrienta llenará de otro sabor tu vida. El amor y el olvido son inciertos, pequeña mujer.
Ni al uno, ni al otro, se le puede huir. Esa es la única respuesta que existe.

6 de octubre de 2010

Suprise Ice

"When past sometimes take you with soft hands,
forcelessly pulls you to your chair"
El mar está tranquilo, extrañamente tranquilo, sólo la intensidad del sonido, el golpeteo rítmico de las olas sobre las piedras y la sensualidad de las caricias marinas sobre la frágil arena, advierten el momento que vivimos. La mirada se ha transformado, se ha suavizado, en relación a unos cuantos años atrás; la melancolía ha sido canjeada por una galleta con sabor a infancia.
Una sonrisa, como una sorpresa, nace. Reposa en mis manos esta sorpresa... sólo mía, sólo mía.

14 de junio de 2010

Suele suceder


Pasado

Nostalgia de las risas que cada vez se hacen más lejanas,
nostalgia de viajes y miradas a través de la ventana,
nostalgia de historias comunes y compartidas,
nostalgia de sentidos y silencios comprendidos,
nostalgia de la nostalgia coincidente.

De nuevo al ataque,
y cada día se hace más fuerte
la bestia que se desliza
por los peldaños
de una floja escalera.

No puedo respirar.
Y ya no me puedo esconder.
Ni quiero.

2 de abril de 2010

Fragmentos

- ¿Has dormido bien? Sentí ruidos en tu habitación anoche. Recordé que por estos días tus pesadillas se hacen más asiduas.
- He dormido. Ni bien, ni mal. Hay un momento en la vida en que sólo se cierran los ojos aún conscientes del riesgo que implica hacerlo. Estuve escribiendo hasta muy tarde. Perdona si te causé molestia alguna.
Vicente vivía en mi casa. Dentro de poco cumpliríamos tres años en una especie de convivencia incómoda pero necesaria, como los viejos y aburridos matrimonios, como las familias que arrastran a donde quiera que vayan un mal recuerdo. Había llegado maltrecho, apaleado, cubierto por un manto de terror que supuraba pus; sus ojos extraviados no permitieron encontrar en ellos el brillo de un ser humano, sólo dejaban entrever una fiera enjaulada, acorralada.
No supe con certeza qué me llevó a que sintiera por él un amor maternal, en apariencia inexistente en mí, pero una vez tocó a la puerta de mi casa no pude permanecer indiferente a su absoluto desamparo. Ya sabía yo lo que era llevar consigo una soledad asesina, aguda, temeraria.
- Estoy muerto Emilia, estoy muerto, vengo a que me entierres porque no tengo a nadie quien lo haga.
Sus palabras se agarraron a mi cuerpo como un cáncer. Vicente no tenía a dónde ir, no existía una familia. Estoy segura incluso que ni siquiera yo hacía parte de sus afectos más cercanos. Quizá meses atrás sólo habría leído la noticia en la que se anunciaba el premio que había recibido el que era mi marido en aquella época. En la foto del diario, sección de sociales, aparecía yo tan aislada, tan fingida, tan herida, mientras Juan tan anclado al mundo que yo no tenía recibía su premio a la mejor crónica periodística del año.
Premiado por su sensibilidad, premiado por la fidelidad con los hechos y su compromiso político. Nadie notó la tristeza en mis ojos, nadie notó que durante la recepción no estuve cerca a Juan ni por un momento como su esposa, como la mujer que lo había acompañado durante veinte años y quien era a todas luces su crítica más infalible, su correctora de estilo más fiel y su consejera gramatical, si es que existe algo así. Fui yo quien leyó, releyó, su crónica; quien sugirió su visita a los lugares donde los hechos podían palparse; quien corrigió sus frases cortantes y toscas con giros gramaticales suaves, humanos, humanos, humanos.
Ese día advertí que Juan estaba lejos de mi. Cuando llegamos a casa le di las buenas noches con una frase simple y segura. Juan me iré de la casa, no quiero vivir más contigo.
Juan no dijo nada. Era el momento indicado para romper nuestro matrimonio. Juan se había convertido en muy poco tiempo en una figura importante, viajaba dictando conferencias sobre la responsabilidad del periodismo en el país y la capacidad de reconstruir a través de sus crónicas la identidad de los que no tenían voz. Ni siquiera él notaría mi ausencia.
Una mañana lluviosa de sábado decidí que me iría a vivir en la casa que mis padres me habían heredado en las afueras de la ciudad. Nunca tuve miedo.
- Vicente pasa. Pasa.

7 de marzo de 2010

Un año atrás...

La puerta

A RG

Hubo que oír las voces detrás de las puertas,
hubo que sonreír lágrimas oscuras,
para que la vieja puerta cerrada
hiciera de la luz su amante.

El reflejo tímido aún atravesó el cuerpo tendido,
atravesó el vientre,
sacudiendo corazón y pulmones.

Hubo que escuchar el grito de una respiración nerviosa...
Y fue un dolor de cuerpo,
y fue un dolor de alma,
y fue una muerte lenta, triste, vacía y furiosa.
Una muerte lánguida del ayer.

Hubo, sencillamente, que escuchar los golpes en la puerta.
Abrirla y dejarle pasar.

3 de enero de 2010

El inicio del primero del año

Una húmeda y llorosa soledad



A mis padres



Como una pintura lavada en una pared

así fue tu soledad.

Como el trinar de un pájaro en la inmensidad del bosque,

como los fríos pies de una mujer bonita,

como la lluvia cayendo sobre la calle.



Desde el vientre de tu madre,

una soledad que colgaba de un trapecio sin trapecista,

una soledad pegada a la piel con el sudor del medio día,

una soledad arrullada por las nostalgias,

se pegó a tus ojos.