A través del cristal
Segundo del once,
medianoche,
miradas profundas,
abrazos inciertos,
explicaciones tardías...
Entusiasmos de papel,
besos de cristal,
rosas de algodón,
casa de arena,
danza de palabras...
Sangre encendida,
perturbadoras imágenes,
cuerpos cercanos,
almas distantes...
El reflejo del recuerdo en el cristal por el que veo transcurrir el tiempo.
12 de noviembre de 2011
17 de octubre de 2011
Nostalgia lluviosa

Sólo este olvido que se empeña cada día en ganarme la partida,
esta sensación de nostalgia amarga que se adhiere a mi cuerpo.Podría decirte que estoy rebosante de felicidad,
Podría decírtelo…
Que oscuros momentos cuando no sé dónde estoy,
cuando no sé cuánto tiempo ha pasado,cuando todo me huele distinto,
cuando tu olor ya se ha ido de mi cuerpo.
Ya nada me habla de ti,
Soy yo la que se empeña en hacerte presencia con mis palabras.
Vuelve
pero si te digo adiós, di por favor: ¡Quédate!
Etiquetas:
Adriana González Perdomo,
Breves,
Melancolía,
Poesía,
Poesía Colombiana,
Poesía.,
Silencio
19 de septiembre de 2011
Adioses en el puerto
Mar Voraz
Un faro, un susurro, una palabra, un deseo...
Mueren las velas mientras anuncian la única verdad:
Un nuevo tiempo ¿frío? ¿cálido? llegó,
el último barco se hunde,
y,
con él lo que hasta ayer fué.
Un faro, un susurro, una palabra, un deseo...
Mueren las velas mientras anuncian la única verdad:
Un nuevo tiempo ¿frío? ¿cálido? llegó,
el último barco se hunde,
y,
con él lo que hasta ayer fué.
Etiquetas:
Adriana González Perdomo,
Breves,
Desamores,
Nostalgia,
Poesía,
Poesía Colombiana
21 de agosto de 2011
Preguntas

Si me arranco el corazón
¿seguirá doliéndome?
Si me arranco la piel
¿seguiré sintiéndole?
Si me arranco el alma
¿seguiré recordándole?
Si dejo de existir
¿quién sentirá este amor?
Etiquetas:
Adriana González Perdomo,
Desamores,
Nostalgia,
Poesía,
Poesía Colombiana,
Poesía.
10 de julio de 2011
11 de febrero de 2011
Escribir: Autoexploración, afirmación
Sylvia Plath: Vida hecha poesía
La escritura es una casa grande, habitada por palabras huérfanas que rondan por las habitaciones deshaciendo camas y corriendo cortinas. Palabras que se asoman al desván para coquetear con las almas de los poetas, quienes caminan por lo escabrosos abismos de la realidad y la fantasía. La poesía intimista, confesional, que sobrepasa los cánones literarios, las imposiciones en el arte de escribir, se transforma en Sylvia Plath, en una forma de construir el mundo, su mundo a través de la labor poética. Un mundo que se percibía contradictorio, oscuro, anclado a los dolores de la poeta quien a los ocho años de edad sucumbió al misterioso encanto de caminar por los corredores de la casa que no podría abandonar, ni siquiera al morir.
Sylvia Plath, otra poeta suicida. Una poeta a la que se le siguen los rastros a través de las huellas dejadas por su pluma, por la perfecta coincidencia entre la experiencia vital, la metáfora y el deseo. Una poeta que logró inmortalizarse a través de su poesía, una narrativa poética cuya potencia, cuya fuerza, reside en la sublimación del dolor a través de las palabras, en la reconstrucción de sus temores, fantasmas, a través de un conjunto de simbolismos entreverados en la experiencia cotidiana, plana, sin emoción.
En la poeta, en su creación artística, en su labor poética se condensó el movimiento sublime que va de la vida a la muerte en un acto liberador. Su suicidio, una expresión aparente de un envolvente sentimiento destructivo se transformó en una extensión de la poética. En Sylvia Plath se hace evidente que la poesía es un riesgo supremo y prolongado. La poesía es testimonio de la soledad de la poeta, una soledad metafísica, expresada a través de su escritura.
En nuestra poeta, en su poesía, se conjugan en una experiencia artística, su angustia por vivir y su constante deseo de morir. Al rastrear en Ariel, su segundo y último libro de poesía, los últimos seis meses de la vida de Sylvia Plath, se pueden hallar los rasgos esenciales de la relación de la escritura como acto vital, necesario, liberador, en una línea compleja entre la vida y la muerte. Y también más allá de la muerte a través de la inmortalidad de lo escrito.
La escritura es una casa grande, habitada por palabras huérfanas que rondan por las habitaciones deshaciendo camas y corriendo cortinas. Palabras que se asoman al desván para coquetear con las almas de los poetas, quienes caminan por lo escabrosos abismos de la realidad y la fantasía. La poesía intimista, confesional, que sobrepasa los cánones literarios, las imposiciones en el arte de escribir, se transforma en Sylvia Plath, en una forma de construir el mundo, su mundo a través de la labor poética. Un mundo que se percibía contradictorio, oscuro, anclado a los dolores de la poeta quien a los ocho años de edad sucumbió al misterioso encanto de caminar por los corredores de la casa que no podría abandonar, ni siquiera al morir.
Sylvia Plath, otra poeta suicida. Una poeta a la que se le siguen los rastros a través de las huellas dejadas por su pluma, por la perfecta coincidencia entre la experiencia vital, la metáfora y el deseo. Una poeta que logró inmortalizarse a través de su poesía, una narrativa poética cuya potencia, cuya fuerza, reside en la sublimación del dolor a través de las palabras, en la reconstrucción de sus temores, fantasmas, a través de un conjunto de simbolismos entreverados en la experiencia cotidiana, plana, sin emoción.
En la poeta, en su creación artística, en su labor poética se condensó el movimiento sublime que va de la vida a la muerte en un acto liberador. Su suicidio, una expresión aparente de un envolvente sentimiento destructivo se transformó en una extensión de la poética. En Sylvia Plath se hace evidente que la poesía es un riesgo supremo y prolongado. La poesía es testimonio de la soledad de la poeta, una soledad metafísica, expresada a través de su escritura.
En nuestra poeta, en su poesía, se conjugan en una experiencia artística, su angustia por vivir y su constante deseo de morir. Al rastrear en Ariel, su segundo y último libro de poesía, los últimos seis meses de la vida de Sylvia Plath, se pueden hallar los rasgos esenciales de la relación de la escritura como acto vital, necesario, liberador, en una línea compleja entre la vida y la muerte. Y también más allá de la muerte a través de la inmortalidad de lo escrito.
Etiquetas:
Adriana González Perdomo,
Ensayos,
Palabras sueltas,
Poesía
Suscribirse a:
Entradas (Atom)